Algunos cuentos y Otras verdades

La corona perdida.

Me contaron de una corona que le pertenece a la Reina más bondadosa del mundo, pero una noche, lamentablemente, esa corona desapareció y, desde entonces, la Reina está enferma y pone todas sus esperanzas en el guerrero valiente que vaya a rescatarla.

Al escuchar aquello, yo quise ayudar a la Reina, le conté a mi madre la historia y ella contestó:

–He escuchado algo de su historia, dicen que su corazón va disminuyendo el pulso y cada día está más cercana a la muerte. Si su corazón le ordena ayudarla, hijo, entonces hágalo.

Le di un beso a mi madre, tomé el mejor caballo y partí en busca de la corona, visité palacios, reyes, reinas, presidentes, presidentas.

Mi primera parada fue en un castillo. Encontré a la Reina “Complejos” –ese era su nombre– y le sentaba de maravilla, pues siempre estaba ocupada peinándose, maquillándose, queriendo parecer más joven

–Vete, estoy ocupada– me dijo, en cuanto me vio.

–Pero mi Reina Complejos, una de ustedes está al borde de la muerte y necesita de su ayuda. ¡Necesita una corona!– contesté.

–Oh, no gastaré mi tiempo en alguien al borde la muerte, y todas mis coronas son necesarias. ¡Ahora largo!

No tuve más remedio que marcharme de ahí, mi siguiente parada fue en el palacio del Rey “Ocupado”.

Lo encontré ofendiendo a su servidumbre, criticando a los demás reyes y haciendo temblar a cualquiera a su paso.

–Habla– ordenó

Mi lord Ocupado, una de ustedes está enferma, es una reina y necesito que me ayude a encontrar su corona– dije.

–Oh, reina, ¡mujer!– exclamó molesto.

–Las mujeres son tan malas para reinar, su enfermedad ha de ser un castigo divino. ¡Ella debe estar en la posición de una mujer, no deben existir reinas, solo reyes!– agregó.

Marché de ahí, molesto por los comentarios de aquel tonto rey. Después visité la casa de un presidente llamado “Ambición”.

Lo encontré obligando a sus empleados a trabajar horas extras por el mismo salario.

–Ambición, necesito de su ayuda. Una reina está en peligro de muerte, necesitamos hallar su corona para salvarla– dije.

Entonces él contestó, riendo:

–Mucho mejor si no la encuentra, la competencia para ser el mejor y más adinerado disminuye– contestó.

Me dejó ahí, frustrado.

Pensé en rendirme, en parar la búsqueda, pero, al salir de la casa de aquel presidente, una viejecilla me abordó.

–Que deprimido te ves, hijo– me dijo ella.

–Veo que no es fácil ayudar a los demás– contesté, tristemente.

–Yo creo que tú estás ayudando mucho a alguien y ese alguien te estará agradecido eternamente– dijo la viejecilla pata tratar de alegrarme, supongo.

–¡Pero por más que me esfuerzo por ayudar, no lo consigo pues nadie quiere ayudarme a mí!– contesté.

La viejecilla sonrió.

–Vayamos a mi casa, yo te ayudaré– propuso.

–No se vaya a ofender, mi buena señora, pero necesito a alguien joven y fuerte, capaz de ayudarme a buscar una corona para una noble reina– dije apenado.

Ella volvió a sonreír.

–Puede que tengas razón, demasiado vieja soy para buscar en este mundo, pero la corona hoy mismo tendrás, si confías en mí– contestó.

Asentí y fui tras ella, caminamos poco, pues su casa estaba cerca.

La casa era pequeña, de palma, adentro se encontraban dos niños y una mujer. La mujer habló con ellos en un dialecto que no entendí.

Uno de los niños se acercó a mí y me dijo en voz baja:

–Confía y espera aquí.

Ellos se acomodaron en un rincón de la casa y, después de un rato, entendí qué sucedía. La viejecilla y sus compañías elaboraban una corona con distintos materiales. No pude evitar sonreír y alegrarme.

Después de un rato, la viejecilla se acercó a mí, detrás de ella caminaban los niños y la mujer. En las manos de la viejecilla brillaba una hermosa corona completamente terminada.

–Ve, y llévala a la noble reina– dijo, dándome la corona.

–Pero no es la corona de la reina– contesté.

–Si es tan noble como dices, la aceptará– respondió.

Di las gracias por el amable gesto y salí de aquella casita. Llevé la corona a la reina y, al verla, ella sonrió y su aspecto mejoró.

–¡Es hermosa!– dijo.

–No es la suya… ésta la han elaborado para usted– confesé.

–Es mía ahora, lo que se da con amor se acepta con gusto. Ésta es la corona de la salvación, pues tú y alguien más se han preocupado por mí y la bondad de sus corazones me ha salvado…y ahora tengo que agradecer– dijo mirándome dulcemente.

La noble reina se puso su corona y marchamos juntos para buscar a sus salvadores, pero ya no había casa, tampoco niños, ni la mujer ni mucho menos la viejecilla.

Al final del pueblo solo vimos un letrero que decía: –agradece la magia, la bondad y sigue siendo buena reina–.

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