Editorial

En aras de la insoportable corrección política, muchas personas disfrazan su racismo y discriminación pretendiendo ser todo lo contrario; en las últimas semanas la película Roma, del director mexicano Alfonso Cuarón, protagonizada por la oaxaqueña Yalitza Aparicio, ha cobrado mucha relevancia.

El problema es que, para muchos, la película solo es relevante porque la actriz principal es una indígena oaxaqueña y, así, estas personas han comenzado una verdadera “cacería de brujas” contra todos aquellos que se atrevan a emitir alguna opinión negativa en contra del filme o la actriz.

Esta actitud, aparentemente opuesta a la discriminación y el racismo, en realidad es solo otra cara de la moneda, uno que –a mi parecer– es todavía más denigrante porque hace parecer a los indígenas como personas muy frágiles e incapaces de soportar las críticas o comentarios hirientes que son tan comunes, y, hasta cierto punto, parte de la vida cotidiana.

Para estas personas el único mérito que vale es simplemente que la actriz es indígena, no les importa su habilidad para actuar, no les interesan sus rasgos físicos, para estas personas el simple hecho de que Yalitza Aparicio tenga raíces indígenas es todo lo que importa, no importan los logros que, por cuenta propia, la actriz pueda tener, para estas personas SOLO IMPORTA SU ORIGEN.

Es como el famoso caso de Benito Juárez, un hombre cuya historia inspiradora queda relegada a segundo término cuando la gran mayoría de mexicanos lo recuerda como “el indito” que llegó a ser Presidente.

Quizá por eso, según muchos historiadores, Benito Juárez renegaba de sus raíces indígenas e, irónicamente, fue alguien que tenía un muy mal concepto de los indígenas; al mismo tiempo, uno de los principales promotores del indigenismo enfermizo que hoy enarbolan millones de mexicanos fue Maximiliano de Habsburgo, uno de los villanos “favoritos” del mito nacionalista.

Personalmente creo que la mejor forma de reconocer el talento y capacidad de una persona, independientemente de sus raíces, color de piel o rasgos físicos, es medir su desempeño en la misma forma en que se vería a cualquier otra persona, buscar un trato especial hacia otro solamente por una característica étnica o cultural es una muestra de mediocridad y de un racismo descarado, donde la persona es tan poca cosa que “necesita” de alguien más que venga a defenderla de la cruel realidad.

O bien, podemos aceptar el hecho de que, así como cualquiera de nosotros, estas personas en ocasiones serán muy bien aceptadas por algunos, rechazadas por otros y esto no significa que valgan más o menos como seres humanos, y solamente así podremos superar verdaderamente el racismo, no combatiéndolo con una ideología igual de obtusa.

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