Algunos cuentos y Otras verdades

La ciudad de los mil colores

Hubo una vez un niño con increíbles poderes, y fue la salvación para muchos… y para una ciudad. Sucede que los poderes del niño estaban en su corazón.

La historia comenzó cuando los humanos dijeron: -¡Ya no creemos más!, los niños, los adultos, los jóvenes entusiastas… todos no creían; bueno, había uno que, en el fondo de su corazón, sabía que las cosas buenas no se acaban, pero callaba para no hacer enojar a los demás. Pero, ¿en que no creían estas personas? En ellos mismos. ¿Qué horrorificante, no?, ¿se imaginan un mundo así?

Cuando los humanos dijeron que ya no creían, se desató la furia en su población que antes había sido tan colorida, llena de amor y tradiciones, pues no creer es no confiar, y no confiar es a veces no querer… y así fue en esa ocasión.

La tierra comenzó a descomponerse, los árboles no daban frutos, los humanos habían olvidado como amar, los corazones se iban apagando poco a poco y, conforme la vida se iba agotando, la agonía iba llegando a la madre tierra.

Los humanos estaban “no creyendo”, por eso se odiaban, peleaban. Había guerra.

El mal se disfrazó de fuego, tan hondos los agujeros que tenía en vez de ojos, iba quemando todo a su paso. Todos corrían, era una escena verdaderamente lamentable.

El cuerpo hecho de fuego habló: -Ustedes traían pecado desde nacimiento, y han ido aumentando sus pecados, ¡hasta aquí su mala fe!

-¡No, no, no!- se escuchaba decir a la gente, algunas veces miraban con tristeza cómo todo a su alrededor se iba derrumbando.

-¡Ustedes no creen, ¿no?!- se escuchó decir al fuego, mientras todos corrían a esconderse de él. -¡Si no creen, no existe nada!- dijo carcajeándose.

-Yo sí creo, siempre creeré en mi tierra oaxaqueña y en las demás tierras del mundo. ¡Mi gente también creerá!- sin duda, aquella era la voz de la salvación.

El fuego buscó de dónde provenía aquella voz, y se encontró con un pequeño.

Al ver el tamaño de su rival, el fuego rió.

-Tú no me derrotarás, tengo demasiada fuerza. ¡La que ustedes me han dado!- exclamó el fuego.

Entonces el pequeño gritó: -¡Mi gente también cree!

De nuevo rió el fuego, su tamaño aumentaba más y más, y estaba alcanzando a algunas personas, hundiéndolas en su estructura, mientras ellas agonizaban en gritos desesperados. El pequeño, al ver sufriendo a las personas, supo que tenía que actuar rápido.

-¿Qué es creer?- gritó.
-¡Creer es amor!- se escuchó decir una vocecilla.

Y todos empezaron a decir a coro: -¡Yo creo, yo creo, yo creo!- y todos vieron cómo el fuego se iba haciendo más pequeño, hasta que terminó por convertirse en una chispa que se esfumó.

Entonces la gente entendió el mensaje, que creer es lo que único que queda.

Que no importa lo que venga, si tienes fe, y si estamos unidos, podemos derribar los grandes males, porque nosotros le damos fuerza y nosotros podemos deshacer el mal.

La gente siguió creyendo, en sus tradiciones, en su cultura… en el amor y en la amistad.

Hoy también es mi gente, y tu gente.

Hoy todos somos uno, pues las cosas salen mejor cuando creemos, cuando luchamos, y cuando decidimos vivir en paz.

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