Hace unos días, mientras navegaba por Facebook, encontré un video con una sencilla reflexión que decía: la diferencia entre los países de primer y tercer mundo es su actitud hacía las leyes. En el vídeo, grabado en Canadá, se observaba cómo un autobús escolar se detenía y, en aquel país, estos vehículos vienen equipados con unas señales de advertencia para indicarles a los conductores que se detengan mientras los pequeños ascienden o descienden de la unidad.

Lo interesante es que, a pesar de que el resto de la calle estaba despejado, los conductores que circulaban por el lugar hicieron un alto total, esperando pacientemente hasta que el autobús siguió su ruta, algo que en México realmente dudo que pudiera suceder.

Recuerdo también haber leído hace tiempo la historia de un mexicano quien tenía un amigo japonés y cómo, durante un viaje que hicieron en auto por México, el japonés se sorprendió que los conductores mexicanos (incluido su amigo) cuando llegaban a un semáforo en rojo y veían que ningún vehículo estaba cerca, seguían su camino como si nada.

Al preguntarle el mexicano a su amigo extranjero si ellos en Japón no hacían algo así, éste le respondió que no, y aunque el mexicano insistió preguntándole que podrían hacerlo siempre que nadie lo supiera, a lo que el japonés le respondió “PERO YO LO SABRÍA”.

En México es muy común quejarnos del gobierno, de las leyes, instituciones y sus representantes; casi siempre aquellos mismos que más se quejan suelen ser aquellos que no están cumpliendo con su responsabilidad y, por tanto, los que se sienten más “ofendidos” de que la autoridad quiera hacer cumplir la ley, aplicando muchas veces multas o sanciones.

Obviamente también sabemos que en nuestro país lamentablemente la corrupción está a la orden del día, que a muchos representantes de la ley lo último que les preocupa es hacerla respetar, simplemente buscan beneficiarse de su cargo, abusar de sus privilegios y mantenerlos la mayor cantidad posible de tiempo.

Para que las cosas cambien nosotros tenemos que poner mucho de nuestra parte, por un lado, respetando la ley, y exigiendo que otros lo hagan también, denunciando con pruebas fehacientes los actos de corrupción y abuso de poder, y no solamente compartir noticias falsas para desacreditar a aquellas autoridades que no son de nuestro agrado, mucho menos justificando a aquellas que sí nos agradan por cometer acciones incorrectas.

Tenemos que hacer del respeto a las leyes una verdadera cultura, un hábito positivo, no verlo como una carga pesada o una cuestión de percepciones, la ley es la ley y, como tal, se debe respetar, nos guste o no; pero para eso tenemos en primer lugar que quitarnos un poco nuestro enorme egoísmo.

Hace unos días acudí a realizar un movimiento a conocida institución bancaria, como no encontré un lugar de estacionamiento frente a la sucursal, tuve que dejar mi vehículo hasta la siguiente calle y regresar a pie a realizar mi operación; sin embargo, en ese mismo momento el conductor de otro vehículo arribó y, al no hallar tampoco lugar, simplemente decidió estacionarse en doble fila; a los pocos minutos, cuando el conductor de uno de los vehículos “atrapados” por este imprudente automovilista quería salir, no podía hacerlo, por lo que tuvieron que intervenir elementos policiacos para localizar al imprudente conductor, quien no tuvo más remedio que mover su vehículo ante la presencia policiaca, aunque seguramente en otras circunstancias ni siquiera se habría hecho el enterado sino hasta terminar lo que estaba haciendo.