¿QUÉ ES UNA ESCUELA?

Desde la antigüedad ha tenido un lugar destacado entre las instituciones que conforman a una sociedad, en todas las épocas y espacios se le ha considerado la gran formadora de conciencias, intelectos, ciudadanos y profesionales que servirán a la nación para hacerla más grande e importante, de ahí que la escuela tenga tanta vigencia en la historia de la humanidad.

La palabra escuela tiene su origen en el latin schola, que puede definirse como lección, enseñanza, y también del griego antiguo scholé, que la entiende como ocio, tiempo libre, estudio, y hemos de decir que es uno de los términos más universales que existen, puesto que los romanos la introdujeron en todas las culturas que conquistaron y, por lo tanto, es una palabra romance que en la actualidad tiene casi el mismo significado ya explicado.

Aristóteles la consideraba como un lugar de ocio creativo, imaginativo, pero también nos explica que hay una diferencia que comparte el concepto escuela, y que lo contiene como acto práctico, primero porque observa tres “realidades”, la primera es el descanso (anápausis), donde este se ordena al trabajo (ascholía), y el trabajo se ordena al ocio (scholé), y segundo las tres “realidades” tienen una relación íntima de la cual no pueden sustraerse, pues filosóficamente no podría existir una sin la otra, y en esa relación simbiótica, señala el estagirita, las dos primeras –el descanso y el trabajo– son necesarias para la vida, mientras que la última –el ocio– se mueve en la esfera de lo libre, de la voluntad del hombre; concluyendo, aquí se observa entonces la diferencia entre “vivir” y “vivir bien”, o también, si se quiere, entre “sobrevivir” y “vivir”.

La descripción anterior se hace necesaria pues nos ilustra acerca del papel de la escuela, es cierto que la vida nos enseña muchas cosas necesarias e imprescindibles, pero lo hace tal vez sin orden ni sistema, de manera práctica, y deja de lado el espacio para la reflexión, la meditación, en donde el raciocinio o la capacidad de pensar, diferir o teorizar se pierde por esa practicidad inmediata, luego entonces nos situamos en la esfera del “sobrevivir”, sin dar cabida a la capacidad de vivir, es decir, recrear y cultivar el espíritu a través de la lectura, el arte, la filosofía, cosas tan necesarias que sin ellas la vida no sería capaz de evolucionar y progresar.

Actualmente la escuela es un espacio donde tiene mucha importancia el material escrito, sean libros o recursos tecnológicos (computadores, proyectores), y donde se enseña como primer paso a leer y a escribir, que son las oportunidades de acceso a la cultura universal, a la ciencia, a las artes, a la filosofía, y todo ese bagaje teórico que aprende, memoriza, reflexiona y analiza el estudiante tiene que añadirlo a lo práctico, es decir, la realidad de la vida se lo reclama, y precisamente el papel de la escuela es desentrañar los misterios de la ciencia a través de la investigación de las cosas, de los objetos materiales o intelectuales, y en ello estriba la diferencia entre un profesional y un técnico, un artesano.

Por ejemplo, un agricultor que toda su vida se ha dedicado al cultivo de X producto, tiene toda la sapiencia y conocimiento práctico, sabe de las lluvias, del momento de la siembra y cosecha, de las enfermedades y posible tratamiento, pero desconoce el porqué de esa enfermedad, desconoce la conformación estructural y biológica de su producto, tal vez de técnicas novedosas para un mejor aprovechamiento, he ahí la necesidad del profesional y del campesino o de cualquier otro oficio práctico de complementarse, pues entonces ambos no solamente sobrevivirían, sino también vivirían su oficio, su profesión.

Los estudiantes aprenden los rudimentos necesarios desde el preescolar, primaria, secundaria, que es jugar, convivir, leer, escribir, redactar, saber de historia universal, nacional, pero también de las artes, de las ciencias, y con ello se preparan y condicionan para descubrir y desarrollar una vocación futura, un gusto esencial en la vida que es hacer algo por determinación propia, porque en ello encuentra y encontrará satisfacciones personales y profesionales, luego entonces, la escuela permite que un niño descubra quién es, cómo es, dónde vive, con quién, lo ubica en un espacio, en un lugar, en una época y ya no discurre a ciegas sobre su mundo, se da cuenta que es una persona que está aquí para hacer, descubrir, y dejar un legado de progreso a las generaciones futuras.

Una escuela no la conforman solamente los profesores y los salones de clase, ni el propio espacio de cuatro paredes lo es todo, una verdadera escuela tiene y ejerce su influencia dentro y fuera, en ocasiones los maestros se resisten a la enseñanza extraescolar, aduciendo que solamente dentro de un salón de clases es permitida la práctica docente, siendo que las oportunidades de enseñar y aprender son diversas, amplias.

Volviendo a Aristóteles, él enseñaba a sus alumnos a través de paseos que daba con ellos por los jardines del Liceo, que era la escuela que fundó, en esos paseos les compartía sus conocimientos y no solo sentados en el salón, por eso les llamaban los peripatéticos, los que paseaban, ergo, la escuela en un lugar universal, donde puede haber enseñanza siempre y cuando sea un acuerdo entre los estudiantes y el docente.

La escuela debe ofrecer al estudiante lo que necesita, es decir, conocimientos, convivencia, arte, pero también cosas contingentes, tales como la creatividad, el libre y sano esparcimiento que proporcionan los condiscípulos, la socialización, y también las amistades que incluso pueden durar toda la vida escolar y personal de un alumno, decía José Martí con gran acierto: “Una escuela es una fragua de espíritus”.

Y como colofón ilustrativo de la escuela, José Domingo Perón nos regala la siguiente sentencia: “La familia debe ser la primera escuela en el ciclo educativo nacional. La escuela debe ser un hogar para la niñez y la juventud. Los padres deben ser maestros de sus hijos. Los maestros deben ser un poco padres de sus alumnos”.

Maestro en Ciencias de la Educación Fidel Reyes Domínguez.