Esta semana nos enteramos de la noticia de que por unanimidad en el Senado de la República se aprobó una iniciativa que ahora ha pasado a manos del Congreso de la Unión para determinar si se aprueba o no la creación de la figura de “consentimiento presunto o expreso” que modifica el esquema de donación de órganos para que, en caso de aprobarse, cualquier mexicano mayor de 18 años será automáticamente donador de órganos y tejidos al momento de su muerte y nadie, ni siquiera sus familiares, podrán oponerse a esta donación a menos que la misma persona, en vida, hubiera rechazado voluntariamente ser donante.

Esta iniciativa ha generado una gran controversia y ha polarizado la opinión de los ciudadanos; por un lado hay quienes señalan que esta propuesta es un gran avance para poder satisfacer la gran demanda de órganos que miles de mexicanos tienen, y que actualmente no están recibiendo la atención necesaria debido a una pobre cultura de la donación.

Por el otro lado, es innegable que muchas personas se oponen a esta práctica por una cuestión cultural y habrá muchos que no sabrán de esta ley y, automáticamente, pasarán a ser donadores, lo que generará inconformidad entre sus familiares que no estén de acuerdo con esta situación.

Independientemente de esto, hay que reconocer que, como mexicanos, solemos ser excesivamente egoístas, PENSANDO ÚNICAMENTE EN NUESTRO BENEFICIO y no en el de los demás; en las pocas ocasiones en que consideramos ayudar a otro, generalmente es preguntando antes qué es lo que vamos a recibir a cambio, pues pensamos que, de lo contrario, no vale la pena ayudar a alguien más.

Ciertamente el Estado no debería intervenir en este asunto y obligar a los mexicanos a donar órganos o tejidos, sin embargo vemos con tristeza que cada año muchas personas, incluyendo niños y jóvenes con una enfermedad congénita, mueren porque estaban esperando un órgano que podía salvarles la vida y, como en México no hay una cultura en torno a la donación, simplemente se les deja morir muchas veces de manera cruel.

Ya no hablemos de órganos, simplemente la donación de sangre no es algo a lo que estemos acostumbrados, a menos que sea en casos de familiares o personas muy cercanas, sin embargo cuando se trata de ayudar a desconocidos la gente rara vez está dispuesta a hacerlo, a menos que se le retribuya de alguna manera, y en casos muy aislados se hace simplemente por altruismo.

Esto me recuerda mucho una imagen que circula en Internet y que, obviamente, no todos la comparten, en donde un orador le pregunta a una gran multitud de personas: “¿Cuántos de ustedes quieren un cambio?” y absolutamente todos los presentes levantan la mano, enseguida el orador vuelve a preguntar: “¿Y cuántos de ustedes están dispuestos a cambiar?” y en ese momento nadie levanta la mano. Y es una realidad innegable, aunque dolorosa, pues muchas veces hasta que nosotros mismos o un ser amado se ve en esa necesidad es que aprendemos a compadecernos de otros, pero mientras no sea así seguiremos impávidos ante el dolor y sufrimiento de miles de familias, simplemente por nuestro egoísmo y necedad.