Editorial

 

El 11 de septiembre fue una fecha triste para los norteamericanos, quienes recordaron una vez más aquél terrible ataque a las Torres Gemelas en el World Trade Center de Nueva York; para el pueblo estadounidense este día es una fecha triste, en la que recuerdan una de las mayores desgracias a las que la gran nación norteamericana se haya enfrentado; para otros, en diferentes rincones del mundo y llevados por su odio antiestadounidense tontamente celebran el día como el recordatorio de lo mucho que sufrieron los “gringos” como si fuera un acto de justicia poética.

Lo que estos xenófobos no entienden es que ese día aunque el ataque fue perpetrado contra los estadounidenses en realidad sus repercusiones fueron a nivel mundial; cientos o quizá miles de personas de otras nacionalidades, que nada tenían que ver con los problemas sociopolíticos de Estados Unidos, murieron en ese ataque terrorista.

Es innegable que el llamado “gigante del norte” está muy lejos de ser el mejor país del mundo, tiene muchos vicios y defectos terribles, pero hay dos que ejemplifican lo que para muchos es el gran sueño americano: la libertad en su sentido más estricto, sin llegar jamás al libertinaje, y el derecho de todas las personas a buscar la felicidad, no el derecho a la felicidad en sí, pero sí a buscarla.

Ha habido intentos de censura, de acallar voces incomodas en los Estados Unidos, pero jamás se ha llegado a los niveles de naciones como Cuba, Venezuela, China o Corea del Norte, donde los ciudadanos no tienen ni siquiera libre acceso a la red mundial de Internet, todos sus movimientos en la red, si es que llegaran a tener acceso a ella, son monitoreados de cerca para evitar que se pueda difundir o recibir información contraria a la que dictan los gobiernos de aquellas naciones.

Se puede hablar mucho de la intolerancia de ciertos grupos dentro de Estados Unidos, pero como nación es innegable que en este país, más que en ningún otro, se da lo más cercano a la libertad de credo a la que todos aspiramos, donde cada persona es libre de profesar la fe que más le interese, sin ser por ello perseguida, insultada o inclusive asesinada.

Es una nación donde los inmigrantes ilegales y sus hijos, si trabajan duro, pueden llegar a tener una mejor vida, ocupando puestos importantes en las empresas o inclusive el mismo gobierno, algo inimaginable por ejemplo en México, donde vemos con recelo a todo inmigrante, legal o ilegal, y a quien no querríamos ver encumbrado jamás, aunque irónicamente son estos, por su arduo esfuerzo, quienes más rápidamente llegan a sobresalir en nuestro país aún en contra de todo.

Es verdad que los Estados Unidos tienen grandes defectos, nadie en su sano juicio afirmaría lo contrario, pero pensar que por estos se puede JUSTIFICAR TANTA MUERTE Y DESTRUCCIÓN es arrancarnos la humanidad y pensar que la violencia, ya sea en palabra o acción, puede resolver algo, cuando en realidad lo único que genera es más violencia, como las terribles guerras emprendidas por los estadounidenses luego del atentado del once de septiembre.

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